viernes, 28 de octubre de 2011

Siembra de habas

Nombre común o vulgar: Haba, Habas verdes
Nombre científico o latino: Vicia faba
Familia: Leguminosas.
Origen: Oriente Próximo.
Las habas son fáciles de cultivar y muy prolíficas.
Se comen tanto las habas como las vainas.
Las hay altas y bajas, y algunas de ellas son lo bastante resistentes como para poder sembrarlas en otoño y obtener así cosechas más tempranas.
Planta robusta que desarrolla follaje abundante.
Mata baja, puede alcanzar 1,5 m.
Hojas alternas, compuestas, paripinnnadas, con foliolos anchos ovales-redondeados, de color verde y desprovistas de zarcillos.
Flores axilares, agrupadas en racimos cortos de 2 a 8 flores, poseyendo una mancha grande de color negro o violeta en las alas, que raras veces van desprovistas de mancha.
Fruto tipo legumbre de longitud variable, pudiendo alcanzar hasta más de 35 cm. El número de granos oscila entre 2 y 9.
El color de la semilla es verde amarillento, aunque las hay de otras coloraciones más oscuras.
Es muy nutritiva y rica en proteínas.
Consumo rehogadas, salteadas con tocino, o jamón, en menestra, desgranadas o con vaina.
Antes de la maduración completa de las semillas, la vaina es perfectamente comestible.
Las variedades altas pueden crecer hasta cerca de 1.2 m de altura y en general hay que poner tutores.

jueves, 27 de octubre de 2011

Chícharo



Nombre común o vulgar: Guisantes verdes, Guisante, Arveja, Arvejas, Chícharo, Chícharos
Nombre científico o latino: Pisum sativum
Familia: Leguminosas.
Origen: Oriente próximo.
El guisante se ha cultivado en Europa durante siglos y se cuenta hoy día entre las hortalizas más populares en todo el mundo, aunque por desgracia se suelen consumir en lata, secos o congelados.
Sí se consumen en fresco, procedentes del huerto y cocinados de manera adecuada, constituyen una hortaliza especialmente suculenta.
Descripción del guisante:
Hierba anual, decumbente o trepadora por zarcillos.
Tamaño de la planta bajo o enano cuando su altura es menor de 0,4 m; semi-trepador entre 0,8-1 m; trepador o enrame cuando es de 1,5-2 m.
Las hojas tienen pares de foliolos y terminan en zarcillos, que tienen la propiedad de asirse a los tutores que encuentran en su crecimiento.
La inflorescencia es racemosa, con brácteas foliáceas, que se inserta por medio de un largo pedúnculo en la axila de las hojas.
Las vainas tienen de 5 a 10 cm de largo y suelen tener de 4 a 10 semillas; son de forma y color variable, según variedades.
Las vainas son alargadas y contienen unas 8 semillas generalmente verdes que pueden ser lisas (utilizadas preferentemente en conservería) o rugosas (consumo directo).
El sistema radicular es poco desarrollado en conjunto, aunque posee una raíz pivotante que puede llegar a ser bastante profunda.
Los guisantes verdes pueden consumirse con o sin vaina.
En el primer caso se habla de variedades para desgranar y en el segundo de tirabeques o bisaltos (Pisum arvense).
Vainas y semillas (tirabeque), o semillas para consumo directo, o para industria conservera y de congelación.
Cuando los guisantes son tiernos, tienen un sabor ligeramente dulce y se pueden consumir crudos; también se consumen cocidos, guisados, como guarnición y pueden servir para conservas.
Los guisantes para consumo humano se pueden conservar mediante apertización o congelación.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Preparando los tutores

Las plantas trepadoras como el chícharo (pisum-sativum) necesitan una estructura rígida para emerger y dar su fruto. La forma tradicional de siembra ha sido la estructura de caña, en este caso sustituida por un arquillo tutor de hierro, resistente y duradero para toda la vida e igualmente ecológico.

Compostación de los restos vegetales

La compostación de la hojarasca, restos de poda, desbroce de árboles, consiste en un proceso aeróbico de descomposición de la materia orgánica con ayuda del agua para conseguir un alimento natural en el huerto ecológico. Su coste total es cero euros y es un alimento sano y natural y respetuoso con el medio ambiente.

Nutrientes naturales: estiércol compostado de gallina

En uso de abonos químicos en el huerto industrializado ha llevado a la desertización y empobrecimiento de la tierra en las últimas décadas. Para evitar tanto este problema como la contaminación química de los acuíferos es necesario volver al uso de abonos naturales, el compost, los escrementos de vaca, caballo, gallina. De este modo enriquecemos la tierra de una manera respetuosa con el medio ambiente.

Sin agua no hay vida

El uso del agua en el huerto ecológico es racionalizado mediante un riego por goteo, además de la optimización de su uso dependiendo de la estación del año: más seca a finales de la primavera y del verano y muy húmeda en otoño e invierno. El riego por goteo impide el crecimiento de plantas parásitas, hierba y otras especies que consumen el nutriente de nuestras semillas y plántulas y ahorra enormes cantidades de trabajo de poda y limpieza en su mantenimiento.

Un día de trabajo en el huerto

viernes, 18 de marzo de 2011

Poemas haiku japoneses


Aunque el miedo / acuda a la cita / nunca esconderse.

Sutil sortilegio / tu cabello dorado / que baila al viento.

Vil eficacia / mancha con su rigidez / las pobres almas.

La perfección / exigida, alabada / tortura, mata.

Que dificil es / rodeado de trampas / no más subsistir.

No tenemos, no / el más elemental / de ellos: el amor.

La cuerda aprieta / nuestro cuello esbelto /estamos presos.

Mente opaca / entre tinieblas flota / la ilusión rota.

Vagamos todos/ entre risas y gestos / de amor enfermos.

El dolor pesa / inoperantes miembros / luego caemos.

El canibalismo / de nuestros deseos / nos arrebola.

La misma historia / de tragedia maldita / las mismas caras.

Incomunicados / nos encontramos siempre / eternamente.

martes, 1 de marzo de 2011

Julio Cortázar, La isla a Mediodía.

La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada. Corrigiendo la posición defectuosa del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. «Las islas griegas», dijo. «Oh, yes, Greece», repuso la americana con un falso interés. Sonaba brevemente un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional se borrara de su boca de labios finos. Empezó a ocuparse de un matrimonio sirio que quería jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar otra vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con un intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste, lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente mediodía.
A Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán, porque el paisaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las muchachas parecían siempre felices de ir a Oriente o de conocer Italia. Cuatro días después, mientras ayudaba a un niño que había perdido la cuchara y mostraba desconsolado el plato del postre, descubrió otra vez el borde de la isla. Había una diferencia de ocho minutos pero cuando se inclinó sobre una ventanilla de la cola no le quedaron dudas; la isla tenía una forma inconfundible, como una tortuga que sacara apenas las patas del agua. La miró hasta que lo llamaron, esta vez con la seguridad de que la mancha plomiza era un grupo de casas; alcanzó a distinguir el dibujo de unos pocos campos cultivados que llegaban hasta la playa. Durante la escala de Beirut miró el atlas de la stewardess, y se preguntó si la isla no sería Horos. El radiotelegrafista, un francés indiferente, se sorprendió de su interés. «Todas esas islas se parecen, hace dos años que hago la línea y me importan muy poco. Sí, muéstremela la próxima vez.» No era Horos sino Xiros, una de las muchas islas al margen de los circuitos turísticos. «No durará ni cinco años», le dijo la stewardess mientras bebían una copa en Roma. «Apúrate si piensas ir, las hordas estarán allí en cualquier momento, Gengis Cook vela.» Pero Marini siguió pensando en la isla, mirándola cuando se acordaba o había una ventanilla cerca, casi siempre encogiéndose de hombros al final. Nada de eso tenía sentido, volar tres veces por semana a mediodía sobre Xiros era tan irreal como soñar tres veces por semana que volaba a mediodía sobre Xiros. Todo estaba falseado en la visión inútil y recurrente; salvo, quizá, el deseo de repetirla, la consulta al reloj pulsera antes de mediodía, el breve, punzante contacto con la deslumbradora franja blanca al borde de un azul casi negro, y las casas donde los pescadores alzarían apenas los ojos para seguir el paso de esa otra irrealidad.
Ocho o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de Nueva York con todas sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de acabar con esa manía inocente y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro donde un vago geógrafo de nombre levantino daba sobre Xiros más detalles que los habituales en las guías. Contestó negativamente, oyéndose como desde lejos, y después de sortear la sorpresa escandalizada de un jefe y dos secretarias se fue a comer a la cantina de la compañía donde lo esperaba Carla. La desconcertada decepción de Carla no lo inquietó; la costa sur de Xiros era inhabitable pero hacia el oeste quedaban huellas de una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor Goldmann había encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores empleaban como pilotes del pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se marchó casi enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de habitantes, cada cinco días llegaba un barco para cargar la pesca y dejar algunas provisiones y géneros. En la agencia de viajes le dijeron que habría que fletar un barco especial desde Rynos, o quizá se pudiera viajar en la falúa que recogía los pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos donde la agencia no tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días en la isla no era más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas que siguieron hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después empezó una huelga y Carla se volvió a casa de sus hermanas en Palermo. Marini fue a vivir a un hotel cerca de Piazza Navona, donde había librerías de viejo; se entretenía sin muchas ganas en buscar libros sobre Grecia, hojeaba de a ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la palabra kalimera y la ensayó en un cabaret con una chica pelirroja, se acostó con ella, supo de su abuelo en Odos y de unos dolores de garganta inexplicables. En Roma empezó a llover, en Beirut lo esperaba siempre Tania, había otras historias, siempre parientes o dolores; un día fue otra vez a la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini se quedó tanto tiempo pegado a la ventanilla que la nueva stewardess lo trató de mal compañero y le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió que ella prefería el vodka-lime del Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en infinitas bandejas de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el pasajero. En los viajes de vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la mañana; el sol daba contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida, sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla mientras Lucía (y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo. Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió dos sueldos y pensó que el resto no le alcanzaría para las vacaciones. Carla aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se casaría con el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo).
Con el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo comprendía un poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del pasaje a mediodía, apenas él se instalaba junto a la ventanilla de la cola. La isla era visible unos pocos minutos, pero el aire estaba siempre tan limpio y el mar la recortaba con una crueldad tan minuciosa que los más pequeños detalles se iban ajustando implacables al recuerdo del pasaje anterior: la mancha verde del promontorio del norte, las casas plomizas, las redes secándose en la arena. Cuando faltaban las redes Marini lo sentía como un empobrecimiento, casi un insulto. Pensó en filmar el paso de la isla, para repetir la imagen en el hotel, pero prefirió ahorrar el dinero de la cámara ya que apenas le faltaba un mes para las vacaciones. No llevaba demasiado la cuenta de los días; a veces era Tania en Beirut, a veces Felisa en Teherán, casi siempre su hermano menor en Roma, todo un poco borroso, amablemente fácil y cordial y como reemplazando otra cosa, llenando las horas antes o después del vuelo, y en el vuelo todo era también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a inclinarse sobre la ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario donde lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.
Ese día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera jurado que el punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador que debía estar mirando el avión. «Kalimera», pensó absurdamente. Ya no tenía sentido esperar más, Mario Merolis le prestaría el dinero que le faltaba para el viaje, en menos de tres días estaría en Xiros. Con los labios pegados al vidrio, sonrió pensando que treparía hasta la mancha verde, que entraría desnudo en el mar de las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres, entendiéndose por señas y por risas. Nada era difícil una vez decidido, un tren nocturno, un primer barco, otro barco viejo y sucio, la escala en Rynos, la negociación interminable con el capitán de la falúa, la noche en el puente, pegado a las estrellas, el sabor del anís y del carnero, el amanecer entre las islas. Desembarcó con las primeras luces, y el capitán lo presentó a un viejo que debía ser el patriarca. Klaios le tomó la mano izquierda y habló lentamente, mirándolo en los ojos. Vinieron dos muchachos y Marini entendió que eran los hijos de Klaios. El capitán de la falúa agotaba su inglés: veinte habitantes, pulpos, pesca, cinco casas, italiano visitante pagaría alojamiento Klaios. Los muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini, ya amigo de los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos oscuro que desde el aire, una habitación pobre y limpia, un jarro de agua, olor a salvia y a piel curtida.
Lo dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a manotazos la ropa de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas sandalias, echó a andar por la isla. Aún no se veía a nadie, el sol cobraba lentamente impulso y de los matorrales crecía un olor sutil, un poco ácido mezclado con el yodo del viento. Debían ser las diez cuando llegó al promontorio del norte y reconoció la mayor de las caletas. Prefería estar solo aunque le hubiera gustado más bañarse en la playa de arena; la isla lo invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era capaz de pensar o de elegir. La piel le quemaba de sol y de viento cuando se desnudó para tirarse al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien; se dejó llevar por corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió mar afuera, se abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de conciliación que era también un nombre para el futuro. Supo sin la menor duda que no se iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en la isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los había olvidado cuando giró sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.
El sol lo secó enseguida, bajó hacia las casas donde dos mujeres lo miraron asombradas antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en el vacío y bajó hacia las redes. Uno de los hijos de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini le señaló el mar, invitándolo. El muchacho vaciló, mostrando sus pantalones de tela y su camisa roja. Después fue corriendo hacia una de las casas, y volvió casi desnudo; se tiraron juntos a un mar ya tibio, deslumbrante bajo el sol de las once.
Secándose en la arena, Ionas empezó a nombrar las cosas. «Kalimera», dijo Marini, y el muchacho rió hasta doblarse en dos. Después Marini repitió las frases nuevas, enseñó palabras italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se iba empequeñeciendo; Marini sintió que ahora estaba realmente solo en la isla con Klaios y los suyos. Dejaría pasar unos días, pagaría su habitación y aprendería a pescar; alguna tarde, cuando ya lo conocieran bien, les hablaría de quedarse y de trabajar con ellos. Levantándose, tendió la mano a Ionas y echó a andar lentamente hacia la colina. La cuesta era escarpada y trepó saboreando cada alto, volviéndose una y otra vez para mirar las redes en la playa, las siluetas de las mujeres que hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y lo miraban de reojo, riendo. Cuando llegó a la mancha verde entró en un mundo donde el olor del tomillo y de la salvia era una misma materia con el fuego del sol y la brisa del mar. Marini miró su reloj pulsera y después, con un gesto de impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón de baño. No sería fácil matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol y de espacio, sintió que la empresa era posible. Estaba en Xiros, estaba allí donde tantas veces había dudado que pudiera llegar alguna vez. Se dejó caer de espaldas entre las piedras calientes, resistió sus aristas y sus lomos encendidos, y miró verticalmente el cielo; lejanamente le llegó el zumbido de un motor.
Cerrando los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla. Pero en la penumbra de los párpados imaginó a Felisa con las bandejas, en ese mismo instante distribuyendo las bandejas, y su reemplazante, tal vez Giorgio o alguno nuevo de otra línea, alguien que también estaría sonriendo mientras alcanzaba las botellas de vino o el café. Incapaz de luchar contra tanto pasado abrió los ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala derecha del avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de sonido de las turbinas, la caída casi vertical sobre el mar. Bajó a toda carrera por la colina, golpeándose en las rocas y desgarrándose un brazo entre las espinas. La isla le ocultaba el lugar de la caída, pero torció antes de llegar a la playa y por un atajo previsible franqueó la primera estribación de la colina y salió a la playa más pequeña. La cola del avión se hundía a unos cien metros, en un silencio total. Marini tomó impulso y se lanzó al agua, esperando todavía que el avión volviera a flotar; pero no se veía más que la blanda línea de las olas, una caja de cartón oscilando absurdamente cerca del lugar de la caída, y casi al final, cuando ya no tenía sentido seguir nadando, una mano fuera del agua, apenas un instante, el tiempo para que Marini cambiara de rumbo y se zambullera hasta atrapar por el pelo al hombre que luchó por aferrarse a él y tragó roncamente el aire que Marini le dejaba respirar sin acercarse demasiado. Remolcándolo poco a poco lo trajo hasta la orilla, tomó en brazos el cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara llena de espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme herida en la garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con cada convulsión la herida parecía abrirse un poco más y era como una boca repugnante que llamaba a Marini, lo arrancaba a su pequeña felicidad de tan pocas horas en la isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no era capaz de oír. A toda carrera venían los hijos de Klaios y más atrás las mujeres. Cuando llegó Klaios, los muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la arena, sin comprender cómo había tenido fuerzas para nadar a la orilla y arrastrarse desangrándose hasta ahí. «Ciérrale los ojos», pidió llorando una de las mujeres. Klaios miró hacia el mar, buscando algún otro sobreviviente. Pero como siempre estaban solos en la isla, y el cadáver de ojos abiertos era lo único nuevo entre ellos y el mar.

14 de FEBRERO 2011 Día de la paz

 En este momento estamos aquí reunidos para recordar el día de la Paz y para manifestarnos a favor de ella e intentar que este instante no pase desapercibido.
   Muchos son los que se dedican a hablar de Paz, pero eso no es suficiente: ¡Menos palabras y más acción!.

   Los alumnos del IES “Botánico”, de Sanlúcar de Barrameda, queremos manifestar:

Que en los tiempos que corren y en una sociedad movida por el egoísmo y el dinero, la Paz es un cubo de hielo guardado en el infierno. Parece que sólo escribimos “Paz” el día 30 de cada enero, pero nos olvidamos de que todos los días del año, lograrla debe ser nuestro objetivo.
   Lo repetimos alto y fuerte cada enero. Lo repetimos cada vez que una bomba estalla en un tren o en cada secuestro o asesinato; cada vez que un suicida se inmola llevándose por delante a inocentes; cada vez que un gobierno o unos señores “de la guerra”, deciden iniciar la suya propia por no se sabe qué oscuros intereses; cada vez que en nuestro país, o en otro, suenan las voces de las pistolas y las bombas. Sólo hablamos de Paz el día 30 de enero, y todos los demás días nos da igual que en Palestina se cometan asesinatos de Estado,  que en Israel mueran inocentes a manos de bombas suicidas,  que en el Estrecho y las costas canarias, una patera vaya a la deriva con veinte personas desesperadas por encontrar un futuro mejor y el único futuro que encuentren sea su muerte.
   Por eso, cualquier cosa, por insignificante que sea, hazla. Entre todos lo podemos conseguir. Si creamos la violencia, también somos capaces de destruirla.
    La Paz es algo más que la ausencia de guerra. Es una experiencia individual. No es suficiente con gritar en las calles ni llevar pegatinas. Si cada uno de los habitantes del mundo aportara su granito de arena, todo sería más fácil. La Paz no se encuentra en el dinero,  ni en las posesiones ni en el poder; no vive en las cosas que nos rodean, sino en nuestro interior. La Paz puede comenzar hoy con una sonrisa.

   Después de este manifiesto no se intenta que se cambie una vida, se espera que nos concienciemos de la existencia de otras muchas, que no sigamos viviendo en la ignorancia y la pasividad ante los verdaderos problemas.

   La PAZ es el camino, pero un camino que tenemos que construir.


                                                                   Alumnos de 4º de ESO del IES “Botánico”
                                                                               Sanlúcar de Barrameda

jueves, 27 de enero de 2011

Trabajo para el día de San valentín



MENCIÓN HONORÍFICA EN LOS PREMIOS ANUALES A LA PROMOCIÓN DE LA CULTURA DE PAZ Y LA CONVIVENCIA ESCOLAR 2011


Resolución de 10 de diciembre de 2010, de la Dirección General de Participación e Innovación Educativa, por la que se hace público el fallo del Jurado de concesión de los Premios Anuales a la Promoción de la Cultura de Paz y Convivencia Escolar en Andalucía 2011. 

De conformidad con lo establecido en los artículos 11 y 13 de la Orden de 27 de octubre de 2009, por la que se regula la concesión de los Premios Anuales a la Promoción de la Cultura de Paz y la Convivencia Escolar en Andalucía y de acuerdo a la Resolución de 8 de septiembre de 2010, por la que se establece la convocatoria del año 2011, para la concesión de los premios anuales a la promoción de la cultura de paz y la convivencia escolar en Andalucía,
resuelvo
Primero. Hacer público el fallo del Jurado, acordado en reunión celebrada en la ciudad de Sevilla, el día 19 de noviembre de 2010, cuyo contenido es el siguiente:
a) Conceder tres primeros premios con una dotación de dos mil euros (2.000,00 ?) para cada uno de los siguientes centros:
- IES Padre José Miravent de Isla Cristina (Huelva)-21002100.
- IES Portada Alta de Málaga-29700412.
- CEIP La Venta del Viso de Venta del Viso (Almería)-04601634.
b) Conceder dos segundos premios con una dotación de mil quinientos euros (1.500,00 ?) para cada uno de los siguientes centros:
- IES Ulyssea de Ugíjar (Granada)-18008464.
- IES La Escribana de Villaviciosa Córdoba-14700419.
c) Conceder un tercer premio con una dotación de mil quinientos euros
(1.500,00 ?) para el centro:
- CEIP Santa Teresa Doctora de Linares (Jaén)- 23002772.
d) Conceder una mención honorífica, sin dotación económica, para el centro:
- IES Botánico de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)-11700871
Segundo. El pago de los premios con dotación económica, que asciende a una totalidad de diez mil quinientos euros (10.500,00 ?), se efectuará a cada centro de una sola vez por la totalidad del importe concedido en cada caso, con cargo a la aplicación presupuestaria 01.11.00.01.00.226.08.54C. del ejercicio 2010, de conformidad con lo establecido en el apartado cuatro de la Resolución de 8 de septiembre de 2010, por la que se establece la convocatoria de los premios para el año 2011.
Sevilla, 10 de diciembre de 2010.- La Directora General, Aurelia Calzada Muñoz.
ENHORABUENA A TODOS Y TODAS.

viernes, 14 de enero de 2011

Pablo Gutierrez, Nada es crucial. Premio Ojo Crítico 2011


Seleccionado por la revista GRANTA como uno de los 22 mejores narradores menores de 35 en español

XXI Premio Ojo Crítico de Narrativa de RNE
Ciudad Mediana, años ochenta. Los yonquis habitan los descampados y olvidan a sus crías dentro de cobertizos de uralita. En uno de ellos sobrevive milagrosamente un cachorro silencioso que se deja aplastar por el sol. Dos señoras muy cándidas y amables lo rescatan, le limpian la cara con agua de colonia y comienzan a hablarle de Dios y de espaguetis.
Mientras, en otro lugar que huele a vaca y a pienso, una niña feliz observa cómo su madre naufraga en la cama, los ojos perdidos en algún lugar, el pelo sucio, el pijama pegado a la piel desde que papá se marchó.


Nada es crucial es un recorrido a través de la formación sentimental de los personajes de esta novela; cuando sus vidas, como nuestras ciudades, estaban llenas de descampados.
Actualmente desarrolla su labor docente en el IES Elcano de Sanlúcar de Barrameda.





miércoles, 12 de enero de 2011

La historia de mi abuelo, por Cristina Vázquez Marín.

Mi abuelo nació en junio de 1935 en Sanlúcar de Barrameda. Vivía en el campo, en una choza, tenía siete hermanos, cuatro varones y tres mujeres. Con nueve años su padre lo quitó del colegio porque tenía que trabajar con su padre de vaquero. Como se pasaba hambre, tuvo que emigrar con su hermano mayor de 18 años cuando él con sólo tenía 14. Marchó a Francia, en la frontera con Alemania. Se quedó sin madre a los diez años. Estando en Francia recibió una carta que decía que su padre había fallecido. Él se vino a España para encargarse de los hermanos y a enterrar a su padre. Con 27 años se casó y formó su propia familia. Tuvo dos hijos y una hija. Con 45 años trabajó en la bodega Barbadillo  ganando un sueldo normal. Con 62 años se jubiló y su mujer cayó enferma de alzheimer. Nunca se derrumbó y siempre siguió adelante.